sábado, 12 de octubre de 2013

“Una Comunidad parroquial que tiene esperanza en el futuro clero de Bolivia”

“Una Comunidad parroquial que tiene esperanza en el futuro clero de Bolivia”

Durante la visita de un grupo de Seminaristas a la parroquia Santa Ana de Cala Cala.

“Una Comunidad parroquial que tiene esperanza en el futuro clero de Bolivia”
Durante la visita de un grupo de Seminaristas a la parroquia Santa Ana de Cala Cala.

Cochabamba 11.10.2013. Antes de finalizar la jornada, un grupo de 35 seminaristas de los diferentes seminarios del país, acompañado del Diac. Renzo Rondo, de la Arquidiócesis de Santa Cruz, visitaron la comunidad parroquial, de Santa Ana de Cala Cala, para poder compartir un momento con su párroco y con parte de la comunidad parroquial.

Después de una oración y presentación de los seminaristas por jurisdicción, el párroco P. Federico Torrico (actual vicario general de la Arquidiócesis de Cochabamba), presentó los diferentes grupos parroquiales.

De este compartir, integrantes de los diferentes grupos pudieron manifestar su deseo de ánimo y esperanza que tienen por los futuros sacerdotes de Bolivia. Al mismo tiempo pudieron expresar cual es el perfil del futuro sacerdote que esperan; entre lo cual se destacó que: “es necesario un sacerdote cercano a su comunidad; alegre, que arrastre con su alegría a la juventud; que vea en su comunidad a su propia familia”.

También el P. Veymar, vicario parroquial, recordó que en sus cuatro años de ordenado sacerdote pudo comprender y que el ministerio en una parroquia: “Es un reto, en el cual hay que acomodar los criterios a la misión que Dios nos dado. Estos criterios hay que empaparlos con amor y caridad. El orden no es algo que se merece después de pasar años en el seminario, sino es un DON gratuito que supera nuestras limitaciones y defectos. Y como futuros sacerdotes tienen el reto y desafió de trabajar y vivir en equipos sacerdotales”.



Antes de terminar el encuentro el P. Federico, invitó a los seminaristas: “a no sentirse presionados en su seguimiento vocacional. Siéntanse libres de responder al llamado de Dios, ya que es un llamado en libertad y responsabilidad. Ya que Dios es exigente y no quiere medias tintas, para vivir plenamente su vocación y en eso va incluido el celibato sacerdotal y la vida en equipos sacerdotales”.


viernes, 11 de octubre de 2013

“Ser misionero es compartir la alegría”

“Ser misionero es compartir la alegría”
Homilía del Monseñor Sergio Gualberti, en la segunda jornada del II Congreso Misionero Nacional de Seminarista, Cochabamba 9-12 de Octubre del 2013

Cochabamba 11 de octubre del 2013. Esta segunda jornada del Congreso se dio inicio con la eucaristía presidida por Mons. Sergio Gualberti, arzobispo de Santa Cruz, y animada por el Seminario Mayor “San Lorenzo” de la misma arquidiócesis.


Durante la celebración el Mons. Sergio mencionó que los seminaristas vivimos un tiempo de gracia, que tiene que tener las puertas abiertas para que el Señor no pase de largo. Tiempo de gracia reflejado a través de las ponencias, trabajos en grupo, oración comunitaria, de encuentro entre hermanos seminaristas.

El Arzobispo de Santa Cruz, en referencia al evangelio indica que esto es un tiempo de espera en Jesús misionero, espera formativa al igual que la de los discípulos durante el camino a Jerusalén. En la que el Señor, los prepara a través de la oración, sus palabras y su testimonio de vida. Recordó, también, que Jesús durante su vida y ministerio encontró dificultades y resistencias, de parte del mal y del pecado.

Pero Jesús es signo de la cercanía de Dios ante nuestras dificultades, sufrimiento y opresiones. Es signo del Reino de Dios que se manifiesta en la relación con el Padre y con todos nuestros hermanos.

“Estamos Llamados a optar por seguir a Jesús. No hay cabida a la neutralidad, porque siempre tiende a estar al lado de los más poderosos”.

“Ser misionero es algo serio, no basta tener lemas bonitos, implica vivir y actuar especialmente contra del mal y del pecado”.

Y recordando las palabras del papa Benedicto XVI y del papa Francisco, recordó la advertencia de que los mayores peligros de la Iglesia se encuentra en su interior y que el mayor peligro es caer en la mundanidad que puede hacer que se pierdan en las novedades del mundo.
 “Nada de caras largas, la alegría y entusiasmo es lo que contagia. Ser misionero es compartir la alegría  y especialmente ustedes que son jóvenes deben dirigirse a los más jóvenes. Porque los principales misioneros en las vocaciones son ustedes, contagiando y demostrando la alegría de haberse encontrado con el Señor.”


Finalmente el Prelado recordó que esa es la razón por la que nos encontramos aquí: porque nos hemos sentido amados y llamados por Dios.

jueves, 10 de octubre de 2013

"La Oración no es una actividad diaria, sino un estilo de vida"


Cochabamba 10 de Octubre del 2013. En la Homilia del Monseñor Ricardo Centella, duurante la misa del primer día del II Congreso Misionero Nacional de Seminaristas, recordó la importancia de la oracion durante el proceseso de formación del futuro sacerdote, que por naturaleza es misionero. Para ello la vocación al sacerdocio alcanzará su mayor profundidad si entramos en la dinámica del misterio de Jesús, de mi intimidad, de comunión con Dios.


La oracion no es sólo una actividad en la vida de los seminarios, sino es la vida misma. 
El Señor quiere que nuestra oración sea de calidad, un estilo de vida. Debemos convercernos que toda la vida de del Ministerio y de su formación se realiza a través de la oracion.  Para esto los formadores deben hacer ingesar a los jóvenes en esta dinámica. Ya que una oración personal que crece es una vocación que sigue y se fortalece.

Monseñor Ricardo, también mencionó que lo fundamental del congreso no es la adquisición de más conocimientos sino de animar y motivar, la vida y formación del futuro presbítero

miércoles, 17 de abril de 2013

IV Domingo de Pascua - "Jesús el Buen Pastor"


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA L JORNADA MUNDIAL 
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
21 DE ABRIL DE 2013 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe

Queridos hermanos y hermanas:

Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje, 11 abril 1964).

En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la “plenitud de la fe” (10,22) con la “firme confesión de la esperanza” (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), “esperanza” equivale a “fe”» (Enc. Spe salvi, 2).

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).

Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad, entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.
Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc. Spe salvi, 34).

La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación.
Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15).
Vaticano, 6 de octubre de 2012

BENEDICTO XVI